En los últimos meses, hemos observado con inquietud ciertos gestos y posturas de la presidenta Claudia Sheinbaum que, lamentablemente, han evidenciado una distancia hacia el género masculino.
Columna editorial de Fénix 90: Es comprensible que busque empatía entre sus congéneres y refuerce la legitimidad simbólica de una mujer en la silla presidencial. Sin embargo, en una nación que ha adoptado, con intensidad creciente, una narrativa feminista, es necesario abrir un espacio reflexivo para el otro lado de la moneda: el hombre.
Vivimos en un país donde las mujeres, con merecido esfuerzo, han conquistado posiciones de poder. No obstante, esta transformación sociopolítica ha dejado a muchos hombres en el abandono emocional, existencial y social. Las estadísticas son claras: los varones constituyen la mayoría en tasas de suicidio, desempleo prolongado, abandono escolar y, en muchos casos, víctimas de denuncias infundadas o de procesos judiciales injustos. A pesar de ello, más del 80% de las políticas públicas con enfoque de género están diseñadas para atender exclusivamente a la mujer.
El triunfo de una mujer en la presidencia fue posible, también, gracias al respaldo de millones de hombres. Hoy, muchos de ellos se sienten desplazados, invisibilizados, convertidos en figurantes de una narrativa donde la masculinidad ha sido reducida al silencio, la culpa o la caricatura.
En América Latina, la hipergamia —el patrón social que impulsa a muchas mujeres a buscar parejas con un estatus superior— convive con una alarmante tendencia masculina: la del "simp". El hombre que, por inseguridad o condicionamiento cultural, se somete a los deseos, emociones y validaciones de la mujer, esperando aprobación a cambio de su obediencia. Quienes no encajan en este rol sumiso —a menudo etiquetados como “espanta mujeres” por su negativa a ser parte del rebaño— son socialmente marginados o invisibilizados.
Este fenómeno no sólo es emocionalmente destructivo; es también profundamente político. La exaltación del ideal masculino moldeado por las expectativas femeninas —físico atractivo, validación emocional, obediencia romántica— ha llevado a generaciones enteras a confundir el amor propio con el aplauso ajeno. Y en ese escenario, los hombres quedan atrapados entre el desprecio social y la necesidad biológica de conexión.
Sí, es cierto: la imagen de "mujer de alto valor" que hoy encarna la presidenta no es más que un constructo político moldeado por estructuras patriarcales disfrazadas de progresismo. Respaldarla, en términos sociales y no sólo democráticos, sin reconocer el contexto crítico de abandono que vive el género masculino, es maquillar un problema de fondo con simbolismos vacíos.
Desde mi propia experiencia, reconozco que decir "no" —especialmente a una mujer, o a una ex pareja— es una de las tareas más difíciles que enfrentamos los hombres. A mí, personalmente, me ha costado trabajo. Litzy y Pame, a quienes agradezco profundamente, me han ayudado a mantener mi mente ocupada y enfocada. Porque, aunque muchos creen que la fuerza se mide en músculos o rutinas de gimnasio, la verdadera batalla está en la mente. Y el músculo más fuerte que poseemos es, sin duda, el cerebro.
Hacer ejercicio es sano, sí. Pero muchos hombres entrenan no por salud, sino por la urgencia de ser validados, aceptados y deseados. La línea entre disciplina personal y dependencia emocional puede ser muy delgada. ¿Realmente estamos cultivando el cuerpo o simplemente alimentando el ego?
Mi llamado es simple: aprendamos a decir no. Seamos honestos con nosotros mismos. Dejemos de vivir para satisfacer un canon ajeno y empecemos a construir una identidad sólida, fraterna y libre. Si no nos unimos como hombres —no por ideología, sino por humanidad—, el futuro será sombrío: más hombres presos por acusaciones falsas, más desaparecidos en contextos de celos, violencia o manipulación emocional. Porque un "simp" no es solo un ingenuo: puede convertirse en un peligro social, un verdugo disfrazado de romanticismo.
Este texto no es un manifiesto machista ni misógino. Es una columna de reflexión cruda, incómoda, pero necesaria. Y sí, soy culpable de todo lo que aquí escribo. Cómo lo interpretes, ya es asunto tuyo.
Fénix 90.
